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octubre 22, 2014

¿Para qué atar cordones en zapatos de cartón?

Fotografía de cordones de colores (naranja, rosa, violeta) junto a un zapato visto desde arriba, dibujado en trazos blancos; ambas imágenes sobre fondo negro. ©Selene Garrido Guil
©Selene Garrido Guil

Atar cordones en zapatos de cartón suena a algo tan insustancial que pasará desapercibido para quien busque un tema con enjundia.

Puede que no recordemos cuándo en la infancia aprendimos ésta y otras tareas que hoy hacemos sin prestar atención.


El Principito en el asteroide B-612. Variación de la ilustración original del libro 'El Principito' de Antoine de Saint-Exupéry.
El Principito en el asteroide B-612
©Antoine de Saint-Exupéry





En El Principito cuenta Antoine, su autor, que cuando encontraba una persona que le parecía un poco lúcida, probaba a enseñarle un dibujo que hizo con seis años. Era una boa que se había comido un elefante.

Si el interlocutor le respondía que era un simple sombrero, Antoine adoptaba una pose adulta y hablaba de política o deportes.

No reconocer en su dibujo la escena entre los dos animales le hacía pensar que la otra persona no merecía conocer su yo creativo y aventurero.
'Boa cerrada' digiriendo un elefante. Ilustración original del libro 'El Principito' de Antoine de Saint-Exupéry. 'Boa abierta' digiriendo un elefante. Ilustración original del libro 'El Principito' de Antoine de Saint-Exupéry.
Boa 'cerrada' y 'abierta' digiriendo un elefante
Ilustraciones originales del libro 'El Principito' de Antoine de Saint-Exupéry

Pero no todo es blanco o negro y quizá no debamos ser tan estrictos con los demás. Conforme cumplimos años, va quedando menos tiempo para pensar en esas insignificancias que para un niño son tesoros. Ellos caminan con la cadencia que les deja observar y admirar lo que les sale al paso. Se extasían contemplando una hormiga o su propia sombra, a la vez que ignoran la mano adulta que tira de la suya con prisas. Mientras preguntan el porqué de cada cosa, los mayores resoplamos y sacamos billete para un tren diario de obligaciones, con pocos apeaderos.

Boa a punto de comer una 'fiera' entera. Ilustración original del libro 'El Principito' de Antoine de Saint-Exupéry.
Boa a punto de comer una 'fiera' entera
©Antoine de Saint-Exupéry

Por eso no está de más mirar por la ventanilla por si, desde un andén, alguien nos hace señales con los brazos para bajar un rato. Quién sabe si la persona que sólo ve el dibujo de un sombrero se interesa si le contamos que la anaconda y la pitón pueden comer presas tan grandes como ciervos y cocodrilos, tragándolas enteras, sin masticar.




Un día de los de andar a todo tren, me di cuenta de que había llegado el momento en que los niños que me rodeaban debían aprender a atarse los cordones de sus zapatos. Yo no podía seguir interrumpiendo mis ocupaciones para hacer, a cada instante, nudos y lazadas.

Zapatos de color violeta con cordones atados. Dibujos en trazos blancos sobre fondo negro ©Selene Garrido Guil
Zapatos con cordones atados
©Selene Garrido Guil

Por más que me esforcé en explicarlo, la iniciativa resultó frustrante para ambas partes. Coordinar aquella secuencia de movimientos, aparentemente fácil, iba a requerir de mucha práctica y de más tiempo. Tal vez no iba a ser posible conseguirlo en un solo día.




Había que darle la vuelta a la situación. Era un momento clave para evitar caer en la desmotivación que malograra el aprendizaje. Debía bajar de mi tren y dejar a un lado las prisas y los asuntos importantes.

Necesitábamos un ambiente distendido y unas herramientas más cómodas. Bastaría con un cartón con ocho agujeros donde ensartar un cordón. Y, ya puestos, al cartón le dimos un aspecto más representativo: el de un zapato.

Inicio del proceso de creación de zapatos de cartón: siluetas blancas pintadas con rotulador negro, junto a tijeras y rotuladores de colores. Fotografía ©Selene Garrido Guil
Inicio del proceso de creación de zapatos de cartón.
Fotografía ©Selene Garrido Guil
Resultado del proceso de creación de zapatos de cartón: siluetas coloreadas, algunas ya con cordones ensartados. Fotografía ©Selene Garrido Guil
Resultado del proceso de creación de zapatos de cartón.
Fotografía ©Selene Garrido Guil

Evidentemente no inventábamos nada. En comercios especializados hay muchas herramientas que fomentan la llamada psicomotricidad fina.

Pero como la opción de comprar las cosas hechas la tenemos a mano, ¿por qué no probar a construirlas? ¿Valdría la pena el esfuerzo?

En nuestro caso era algo tan rápido y sencillo que no había excusas para no hacerlo.

De un paquete de cereales y de una caja de galletas obtuvimos un cartón fácil de cortar con tijeras.

Mientras creábamos siluetas de zapatos, pusimos una música de fondo al gusto de todos.

Y como la actividad resultaba amena y distendida, invitamos a algunas personas cercanas a bajarse del tren a echarnos una mano.


Cada cual diseñó y embelleció su plantilla con dibujos y colores personalizados. Los modelos resultaron perfectos para probar diferentes maneras de ensartar cordones y para ensayar nudos y lazadas. Habría muchos días por delante para practicar y afianzar los nuevos conocimientos.

Zapatos de cartón con sus cordones ensartados y atados. Fotografía ©Selene Garrido GuilZapatos de cartón con sus cordones ensartados y atados. Fotografía ©Selene Garrido Guil
Zapatos de cartón con sus cordones ensartados y atados
Fotografía ©Selene Garrido Guil

Mereció la pena el esfuerzo. Además de reutilizar materiales de desecho, mejoramos la motivación no sólo para aprender, también para enseñar. Se creó un ambiente relajado que propició la espontaneidad para aportar nuevas ideas. Los adultos también aprendimos de los niños. Descubrimos en los demás cualidades creativas agazapadas o adormecidas, lo cual nos ayudó a conocernos mejor y a fortalecer los lazos afectivos. En definitiva, resolviendo un reto, hicimos, a pequeña escala, lo que hacen las grandes empresas: crear un equipo de trabajo cohesionado para sacar adelante un proyecto.


Evasión de El Principito aprovechando una migración de pájaros silvestres. Variación en trazos blancos sobre fondo negro a partir de la ilustración original del libro 'El Principito' de Antoine de Saint-Exupéry.
Evasión de El Principito
©Antoine de Saint-Exupéry
Hacer zapatos de cartón redimensionó un tiempo y un espacio -quizá en algún asteroide- donde evadirse y compartir la mirada de un Principito que sabe distinguir un elefante y una boa donde, aparentemente, sólo hay un sombrero.

Es de agradecer que, de vez en cuando, alguien nos haga señales desde alguna estación de tren para que le acompañemos, por un rato, a hacer cosas que parecen insustanciales.

Ahora, cuando voy a tirar una caja o un envase, hago un hueco en mi maletín para este nuevo tipo de proyectos y busco por la ventanilla apeaderos donde compartir sus colores, sus texturas y sus melodías.

© Selene Garrido Guil




APÉNDICE

Plantillas imprimibles
Para hacer zapatos de cartón

Plantilla imprimible para hacer zapatos de cartón. Tiene dos siluetas blancas de zapato con ocho ojales. Ambas tienen ornamentos marcados rotulador negro. Una de las siluetas está coloreada la otra está lista para colorear. ©Selene Garrido Guil
Pincha aquí para descargar esta plantilla imprimible
©Selene Garrido Guil
Plantilla imprimible para hacer zapatos de cartón. Tiene dos siluetas blancas de zapato, una con dibujos en rotulador negro, lista para colorear, y la otra vacía, lista para añadir ornamentos. ©Selene Garrido Guil
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©Selene Garrido Guil

La Tierra desde la Luna. Blog de ©Selene Garrido Guil (Dibujo de un telescopio que mira a la Tierra desde la Luna)
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¿Es más difícil una entrevista de trabajo o visitar Nunca Jamás?

marzo 09, 2014

¿Es más difícil una entrevista de trabajo o visitar Nunca Jamás?

Peter Pan, de James M. Barrie
Acostumbrados, sin remedio, a caminar por espacios de entrevistas de trabajo, cursos, cursillos, sermones, charlas, disertaciones o reuniones laborales, un día recibes el encargo más difícil: Contar un cuento a un grupo de niños.

Entre el frenético sonido de dedos tecleando y conversaciones telefónicas que manejan fechas límite y gestionan proyectos, la mente empieza a soltar amarras y nota que le van llegando ecos de Nunca Jamás: Bombardeos de piratas, tribus de indios, risas de sirenas, diminutas luces tintineantes… 

Y de repente, alguien, “al otro lado”, reclama tu atención. Te reprocha estar en una nube y caes en picado. Retomas la rutina, el estrés y la pose madura, mientras te preguntas si aún te quedará algún retazo de esa “nube” para poder conectar con el nuevo público asignado.


La palabra infancia emana frescura, sinceridad. Los niños son mentes abiertas, sin filtros. Si no logras captar su atención, te abandonan en medio de tu discurso, bostezan o preguntan, sin contemplaciones, si falta mucho para acabar.

En contraste, en el mundo de los adultos, cada cual aguanta la vela según sus cánones de convivencia, procurando la condescendencia o simulando el interés.

Marionetas de patito de goma y de delfín ©Selene Garrido Guil


Marionetas de patito de goma y de oso polar ©Selene Garrido Guil


Marionetas de patito de goma y de pelícano ©Selene Garrido Guil


Marionetas de patito de goma y de pulpo ©Selene Garrido Guil


Marionetas de patito de goma y de ballena ©Selene Garrido Guil
Un conferenciante no suele invadir la intimidad de los asistentes; los mantiene enfrente sin necesidad de invitarles a completar su plática. Lo lleva todo preparado. Ruegos y preguntas al final.

Sin embargo, en la escuela, decenas de deditos se alzan constantemente pidiendo la palabra, queriendo contar las experiencias propias y respondiendo absolutamente a todo, sin miedo a errar.

Los mayores nos hemos vuelto reservados. Se nos fue buena parte de la espontaneidad. No nos gustan las preguntas directas, nos sentimos más cómodos de oyentes en la penumbra del patio de butacas y preferimos contestar cuando tenemos una alta probabilidad de acierto.

Si al subir al estrado un disertador tropieza, los asistentes intentarán socorrerlo y aliviarlo del posible ridículo. Los niños lo solucionan con risas. ¿No se nos han perdido cosas por el camino?

Volviendo al encargo de contar un cuento, ya que el trabajo es lo que suele ocupar más horas del quehacer diario, precisaría entonces de hacerle a los niños un hueco en la agenda y -¿por qué no?- considerar la tarea parte de mis ocupaciones de adulto.

Por eso, para hacerlo lo mejor posible, me preparé a conciencia: dediqué tiempo a elegir el tema más adecuado, el tono y el ritmo de la narración, la selección de palabras que lo hicieran más entendible e incluso ensayé y calculé la duración. No quería cansar a mi auditorio.

Encontré registros de sonidos que podrían darle más ambientación a ciertos pasajes del relato y los añadí al repertorio.

Cuando casi lo tenía todo dispuesto, me permití el lujo de construir unas sencillas marionetas para ilustrarlo con toda la precisión posible.

Rompí con la rutina, rememoré mi infancia y, sinceramente, me divertí.

Marionetas de patito de goma y de foca ©Selene Garrido Guil


Marionetas de patito de goma y de flamenco ©Selene Garrido Guil


Marionetas de patito de goma y de tortuga marina ©Selene Garrido Guil


Marionetas de patito de goma y de gaviota ©Selene Garrido Guil

Marionetas de patito de goma y de una mamá pato con sus patitos ©Selene Garrido Guil

Y llegó el día. Nunca vi un público tan entregado, tan concentrado en mis palabras, tan analítico y tan participativo. No me quedo tanto con el 'si salió bien o mal', pero sí con algo maravilloso que me dejó sin palabras: Cuando empezó a despejarse la sala, una mano diminuta tocó mi espalda y me dijo: '¿Me cuentas otro cuento?'.

© Selene Garrido Guil


Libros utilizados para el cuentacuentos referenciado (3-5 años aproximadamente):

Diez patitos de goma, de Eric Carle
Eric Carle
Diez patitos de goma
Editorial Kókinos

Sonidos del océano, de Maurice Pledger
Maurice Pledger
Sonidos del océano
Ediciones SM

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enero 07, 2014

¿Podría volver a volar un ganso con el ala rota?

Fila de cuatro ánsares comunes (Anser anser) volando en el cielo de Doñana al atardecer. Fotografía de Héctor Garrido - www.hectorgarrido.com. ©Héctor Garrido
Ánsares comunes (Anser anser) en el cielo de Doñana al atardecer.
Fotografía ©Héctor Garrido - www.hectorgarrido.com.
Cuando Eva era pequeña y tenía que salir a deshora del colegio, siempre le invadía una sensación extraña al ver las calles vacías de niños y escuchar el griterío lejano de los recreos y las aulas. Igual que un ganso salvaje al que encierran en un gallinero y revolotea desesperado al ver pasar bandadas de hermanos, en aquellos momentos ella se sentía desubicada, con la nada por delante. A pesar de ir de la mano de su madre o de estar en casa o en cama, estaba convencida de pertenecer a otro lugar, a otro grupo y deseaba volver a su pupitre. Entendía las cosas así y por eso nunca le atrajo la emoción de hacer novillos.

Es temprano en la calle y Eva nota el frío en su cara. El vaho de las palabras se mezcla con sirenas de colegios y ambulancias. Un hombre que habla por un móvil le pide disculpas porque su maletín ha chocado con su pierna. Ella lo mira, más que con disgusto, con comprensión. Dice para sí: “Llega tarde al trabajo”. Y se siente desubicada sin ese impulso de la prisa diaria.

Mosaico de la cara de un ganso que parece estar tras una malla metálica. Composición: Selene Garrido Guil. ©Selene Garrido Guil
Mosaico con efecto de malla metálica.
©Selene Garrido Guil
Sentada en el metro, Eva lee que parte de la identidad de cada cual se corresponde con lo que se cree ser. Se queda atrapada mirando la oscuridad de la ventana y piensa que quizá otra parte de la naturaleza humana se conforme con los vínculos que constantemente aparecen y desaparecen de las vidas, como cordones umbilicales invisibles. Por tanto, para bien o para mal, una porción del estado de esa identidad debería estar moldeada por la condición de esos nexos: afianzados, rotos, recién creados, debilitados...

Tres ánsares en primer plano, con otras anátidas más al fondo, sobre el agua lisa de las marismas del Guadalquivir. Fotografía de Héctor Garrido - www.hectorgarrido.com. ©Héctor Garrido
Gansos sobre las marismas del Guadalquivir.
Fotografía ©Héctor Garrido - www.hectorgarrido.com.

La desubicación de Eva es tan lógica como la de un bebé obligado a abandonar el cálido seno materno, a romper el vínculo físico. Es un desasosiego que no encuentra sitio en la razón, aunque sepa que le quedan muchos otros cordones pendientes, algunos muy sólidos. Tras media vida de ritmo casi frenético, un parón en seco deja a cualquiera fuera de combate. A veces llegó a sentirse imprescindible: un engaño en la mente. Bajó de aquel tren del día a día y todo siguió adelante, pero sin ella. Vio claro que lo importante era no perder el norte porque había trenes a todas horas, para todos los sitios. El mundo se había tornado un edificio frío y destartalado hacia el que ella avanzaba con su bagaje personal, con su tragedia íntima por el nexo roto, con la pregunta silenciosa de “¿A quién le puede importar...?”. Un mundo donde se cruzaba con cientos, miles de habitantes desubicados, sin rumbo, sin tren, sin cordón al que asirse. Con el ala rota.

Ánsar común (Anser anser) remontando el vuelo con las alas extendidas hacia arriba en forma de "v". Detalle de fotografía de Héctor Garrido - www.hectorgarrido.com. ©Héctor Garrido
Ánsar remontando el vuelo.
Detalle de fotografía de ©Héctor Garrido.
www.hectorgarrido.com.
Aquel ganso salvaje formó parte de la niñez de Eva. A pesar de curarle el ala, nunca más pudo volar y se quedó a vivir en la casa. Cada invernada, corría y aleteaba con todas sus fuerzas; se esforzaba en reunirse con las bandadas que llegaban a la marisma. Pero por más empeño que ponía no despegaba del suelo más de medio metro. Sólo con el paso de los años, el ánsar, al principio huraño, solitario y desconfiado con gallos, patos y cuanto rondara cerca, se fue ganando un lugar y un respeto; incluso emparejó con una pata doméstica con la que, a su modo, fue feliz hasta el final de sus días. Lo hermoso fue que, cuando el ganso reconoció sus nuevos límites, se reinventó y se elevó muy alto.

También Eva tuvo un ala malherida, pero remontó el vuelo incluso con más destreza y más libertad de movimiento. De no bajar de aquel tren, de no empezar un nuevo camino aquella mañana fría, hubiera seguido viviendo una realidad diferente, quizá más amable, quizá más cálida, pero sin sensibilidad alguna para captar el imperceptible sonido de tantos y tantos aleteos a su alrededor.

© Selene Garrido Guil
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