Acostumbrados, sin remedio, a
caminar por espacios de entrevistas de trabajo, cursos, cursillos, sermones, charlas,
disertaciones o reuniones laborales, un día recibes el encargo más difícil: Contar
un cuento a un grupo de niños.
Entre el frenético sonido de dedos
tecleando y conversaciones telefónicas que manejan fechas límite y gestionan
proyectos, la mente empieza a soltar amarras y nota que le van llegando ecos de
Nunca Jamás: Bombardeos de piratas, tribus de indios, risas de sirenas,
diminutas luces tintineantes…
Y de repente, alguien, “al otro
lado”, reclama tu atención. Te reprocha estar en una nube y caes en picado.
Retomas la rutina, el estrés y la pose madura, mientras te preguntas si aún te
quedará algún retazo de esa “nube” para poder conectar con el nuevo público
asignado.
La palabra infancia emana frescura, sinceridad. Los niños son mentes abiertas, sin filtros. Si no logras captar su atención, te abandonan en medio de tu discurso, bostezan o preguntan, sin contemplaciones, si falta mucho para acabar.
En contraste, en el mundo de los adultos, cada cual aguanta la vela según sus cánones de convivencia, procurando la condescendencia o simulando el interés.
La palabra infancia emana frescura, sinceridad. Los niños son mentes abiertas, sin filtros. Si no logras captar su atención, te abandonan en medio de tu discurso, bostezan o preguntan, sin contemplaciones, si falta mucho para acabar.
En contraste, en el mundo de los adultos, cada cual aguanta la vela según sus cánones de convivencia, procurando la condescendencia o simulando el interés.
Y llegó el día. Nunca vi un público tan entregado, tan concentrado en mis palabras, tan analítico y tan participativo. No me quedo tanto con el 'si salió bien o mal', pero sí con algo maravilloso que me dejó sin palabras: Cuando empezó a despejarse la sala, una mano diminuta tocó mi espalda y me dijo: '¿Me cuentas otro cuento?'.
© Selene Garrido Guil
Libros utilizados para el cuentacuentos referenciado (3-5 años aproximadamente):
© Selene Garrido Guil
Libros utilizados para el cuentacuentos referenciado (3-5 años aproximadamente):
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Eric Carle
Diez patitos de goma
Editorial Kókinos
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Maurice Pledger
Sonidos del océano
Ediciones SM
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...ojalá el Peter Pan que llevamos dentro, ese niño que nunca envejece, también tuviera la particularidad de regresar de Nunca Más, de tanto en cuanto, a revolvernos un poco en la silla.
ResponderEliminarOjalá que la expresión "eres como un niño" no fuera un insulto, sino un halago.
Ojalá un día, un orador, en un foro de adultos serios, al bajar del estrado recibiera unos golpecitos en la espalda y oyera las palabras: "¿nos das otra conferencia?", al igual que se piden bises en los grandes conciertos, al igual que a los actores de teatro se les hace saludar una y otra vez...
Ojalá regresen los grandes oradores, los hipnotizadores, los contadores de cuento tradicionales, callejeros, titiriteros (alehop!, de pueblo en pueblo),...
Precioso relato!
Precioso también todo lo que dices, lleno de verdad y hasta de poesía.
ResponderEliminarMuchas gracias por visitar este pequeño rincón planetario.
Fantástico!!!. Me pillas Selene enjugándome las lágrimas por el bellísimo final. Eso es lo que debería ocurrir con las historias -y en general con lo todo que se enseña- en las escuelas. Quizá esa evaluación debería hacerse con los textos escolares, probando diversas actividades "distintas" y ver como conectan con niños y no tan niños. Yo sigo horrorizado de que mi hijo de 9 años tenga que aprenderse de memoria frases y párrafos...pero lo que siento es que, poco a poco, va perdiendo esa maravillosa capacidad de decirte: ¿me cuentas otro cuento?... porqué no nos dicen ¿me enseñas algo más?
ResponderEliminarEstoy de acuerdo. Yo creo que no es tanto la cantidad de conocimientos a transmitir a los niños -tanto en las escuelas como en los hogares- sino el cómo lograr que los afiancen en base al mundo que poco a poco se van construyendo. Ellos tienen un ritmo más lento de procesar. Necesitan experimentar, jugar, deducir, relacionar y repetir. Los mayores, con nuestras prisas y nuestra angustia en que no se queden atrás en esa carrera hacia la madurez, nos empeñamos en darles toda la información ya procesada (consejos, opiniones, advertencias...), olvidándonos muchas veces de que ellos también tienen cosas que contarnos y enseñarnos. Me alegro mucho que te haya gustado.
ResponderEliminarSelene, muchas gracias por este maravilloso escrito. Ojalá las escuelas tuvieran muchas horas cada semana dedicadas a que los niños escuchen cuentos como el que les contaste. Fantasías que están diseñadas precisamente para su edad, para entrar de lleno en un mundo que solo existe en la imaginación y en la palabra. Pero, ¿Y si los maestros explicaran historia, o conceptos de biología y por supuesto de matemáticas contando cuentos? Nos encontraríamos sin lugar a dudas con un pequeño público ansioso de saber más. Los niños deberían disfrutar lo que aprenden en la escuela. La palabra “deberes” debería ser cambiada (por lo menos en nuestra casa) por otra que tuviera una connotación de juego. Y ni se diga lo que sería para los maestros el escuchar: “¿Me cuentas otro cuento?”
ResponderEliminarMe parece muy interesante la observación que haces sobre la palabra "deberes" y la necesidad de revertir sus connotaciones a base de hacerlos más atractivos. El trabajo escolar en casa sería entonces una puerta, no hacia la obligatoriedad y la angustia que a veces llega a suscitar, sino hacia la curiosidad, hacia las ganas de comprender o saber más de lo aprendido en clase. Gracias, Adriana.
ResponderEliminarGracias Selene y sí salió bien, te lo puedo asegurar a mi hijo le gustó y es exigente, la prueba es que no se levantó hasta el final.
ResponderEliminarMe alegra mucho saberlo, Ana. Gracias por compartirlo.
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