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©Selene Garrido Guil |
La noticia del hallazgo de un diente fósil de tiburón en un campo de cultivo de Huelva, captó recientemente mi interés con una inexplicable emoción. Me puse a navegar por la Red para profundizar sobre el tema. En este tipo de búsquedas hay que fijar bien el rumbo para no perderse entre tanta información. Si no, es como tirar de un hilo en una caja de costura y sacar una maraña de bobinas enredadas.
En la búsqueda, leí anuncios de compra-venta ilegal de dientes de tiburones para coleccionismo y bisutería. También vi fotos de barcos cargados de sus aletas sangrantes e imágenes de estos bellos animales mutilados, agonizantes, en el fondo del mar. Cuando llegué a vídeos caseros de captura deportiva de tintoreras y musolas, di por concluida mi navegación, arrepintiéndome de haber llegado tan lejos.
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Espiga de cereal ©Selene Garrido Guil |
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Puntas de sílex en una mano tuareg en el Sáhara ©Héctor Garrido Guil |
¿De dónde salió aquella punta de sílex?
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Portada del libro Papa Uvas II Martín de la Cruz, J.C (1986) |
Baile de obertura (J.C. Superstar, Universal Pictures, 1973) |
Algunos exteriores grabados en Israel y Oriente Medio podían equipararse a los del suroeste de la península ibérica, y el desfile de atuendos hippies, bikinis y melenas largas era como el baile de la obertura del film. Huelga decir que por aquellos lares a duras penas habían llegado los aromas de las flores en el pelo y las melodías del 'Summer of Love'.
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Llegada de actores y de atrezo (J.C. Superstar, Universal Pictures, 1973) |
El ciclo de lo ocurrido cada año se abría y se cerraba igual que en la gran pantalla: un coche viejo o un autobús descargaba azadas, palas, carretillas y, en definitiva, todo el atrezo. Un elenco de jóvenes con un tutor (profeta en la película, profesor en la excavación) danzaba de un lado a otro midiendo, dibujando y removiendo la tierra durante días.
Finalmente, tapaban las excavaciones, recogían todo y se marchaban, dejando de nuevo el lugar de la escena con el silencio sólo interrumpido por el canto de las chicharras.
Los arqueólogos toleraban la presencia de la chiquillería de las casas aledañas, por lo que pasábamos horas sentados sobre los montículos de tierra excavada. Bajo los almendros y las higueras, nuestras gradas de sombra estaban aseguradas a diario para ver aquel fascinante espectáculo. Observábamos cada movimiento e intentábamos entender las conversaciones y la terminología científica. Incluso, a veces, se nos permitía participar en tareas como barrer la tierra con brochas.
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Infancia dibujada desde la infancia ©Selene Garrido Guil |
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Tiburones estilo naif ©Selene Garrido Guil |
Mis hermanos me explicaban que la tierra que pisábamos antes había sido la orilla del mar. Sonaba extraño porque aquel suelo tosco y arcilloso nada tenía que ver con la fina arena de la playa, a varios kilómetros de distancia a través de los pinares. Me hablaban de hombres primitivos que ya comían coquinas, como nosotros, y como prueba, me mostraban la asombrosa cantidad de conchas fósiles que salían de las excavaciones. Por nuestras manos pasaron utensilios hechos con piedras y aquellas inolvidables puntas de sílex.
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Portada del libro Papa Uvas I Martín de la Cruz, J.C (1985) |
Tuvimos mucha suerte de vivir aquella experiencia por lo que aportó a la impronta de cada uno de nosotros. Evidentemente, con tan corta edad, muchos conceptos nos parecían abstractos e incomprensibles. Ya era difícil entender que nuestra abuela hubiera sido una niña, cuanto más lo que significaban 4.500 años de existencia. Que todos los cacharros de cerámica aparecieran rotos en las excavaciones era, a nuestro parecer, un reto impuesto a los estudiantes para que resolvieran el rompecabezas. También nos preocupaba que el mar pudiera ir y venir mediando tanta distancia. Todo sonaba lejano, misterioso, intrigante, como el nombre que tenían aquellos ancestrales asentamientos: Papa Uvas.
Los humanos que allí habitaron, más o menos en la linde temporal Neolítico-Calcolítico, vivieron de lo mismo que hacía nuestro pueblo en el siglo XX: agricultura, ganadería, caza y marisqueo. Ya tenían animales domésticos: cerdos, ovejas y cabras, y vallaban sus casas, como nosotros. Milenios de vida por medio y poco o nada habíamos cambiado.
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Peces martillo ©Selene Garrido Guil |
Puede que los pobladores de Papa Uvas llegaran a ver algún arcaico escualo, bien a lo lejos o bien varado en la playa. Eran tiempos en los que las especies se extinguían o salían adelante por razones que aún estaban lejos del alcance humano. Tendrían que pasar muchos miles de años para que el hombre, en esencia el mismo que afilaba el sílex, fuera capaz de alterar el clima y llevar a animales, como el tiburón, al borde de la extinción. Pero esa ya es otra historia, triste historia que ahora no quiero hilar con tan hermosos recuerdos.
© Selene Garrido Guil
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¿Podría volver a volar un ganso con el ala rota? |
Leer a Selene se convierte en un ansiado placer y uno se lamenta de que no se prodigue más. A medida que ha ido desarrollando esta bonita historia, que hubiera podido ser incluso una recreación de su imaginación, sin que lo hubiéramos notado, iba sintiendo como si una sinfonía me embargase y trasportara a cada uno de los escenarios que Selene me ha brindado, y sin quererlo me situé entre sus hermanos y en esa bonita zona aljaraqueña, en la que los caños y marismas que forman parte del estuario del río Odiel, nos sitúan en los límites del Parque Natural de las Marismas del Odiel y, en concreto, en La Zona Arqueológica de Papa Uvas.
ResponderEliminarY tras las risas de la broma gastada a los jóvenes arqueólogos, aparece nuevamente la creatividad de Selene quien a golpe de batería nos transporta de nuevo a un escenario, que seguramente produjo algún momento de reflexión transcendental en esta joven de su vida adolescente, Jesus Christ Superstar, la ópera rokera compuesta por Andrew Lloyd y Tim Rice que se estrenó en Broadway en 1971 marcando una etapa emblemática para muchos jóvenes y no tan jóvenes, formando parte de esa revolución juvenil que ya había empezado a cambiar el mundo en mayo del 68.
Todo está unido en la imaginación de Selene, y a mí me cautiva su clarividencia y capacidad de comunicación subliminal solo propia de personas inteligentes, a la que espero descubran pronto los “caza talentos”, pero mientras, sigue desgranando las perlas de la percepción de esos estímulos que rescatan de tu memoria sensaciones en imagen, sonido, olor o sabor con las que confeccionar tan bellas y sensibles historias, como ésta, sobre el diente de un tiburón.
El mejor estímulo para seguir escribiendo es que el lector, transformado en viajero, llegue a sentirse parte de esa existencia hilada con palabras, sensaciones y emociones.
ResponderEliminar¡Gracias Benito!
Qué bonitos recuerdos Selene. De un diente de tiburón a tu infancia, y de tu infancia a la mía. Mil besos guapa
ResponderEliminarSoy Inma, Selene. Otra vez un beso
ResponderEliminarEn aquellos hermosos parajes tuvimos una infancia realmente feliz; seguramente por eso tenemos tan buenos recuerdos. Me alegra haber compartido contigo tantos momentos de aquel entonces; más aún recibirte en este rinconcillo planetario.
EliminarOtro beso para ti, Inma.